lunes, 22 de junio de 2015

Mi Web

Buenos días,
En mi nueva web http://silviasrog.wix.com/escritora podéis ver mis proyectos, libros publicados y los que buscan editorial. Además de mis servicios y un blog donde recomiendo lugares y otros proyectos, libros y todo lo que se me ocurre.
¡Espero que os guste!
http://silviasrog.wix.com/escritora

http://silviasrog.wix.com/escritora

miércoles, 3 de junio de 2015

El hombre del abrigo oscuro

ESPERO QUE OS GUSTE...

(Es uno de los relatos incluidos en mi último libro "El señor de Cuenca  que pulsó un botón   y desapareció". Publicado con la Editorial Amarante.)
 
Lucanor sube a la azotea del edificio donde vive. Lleva su abrigo largo y negro, atuendo que parece una capa, que casi levita en el aire.
Todo a su alrededor se mueve; los pájaros en el cielo oscuro, las luces de los coches abajo en las calles, la gente zigzagueando más o menos deprisa por las aceras, las veletas informes sobre los tejados, todo excepto él, que está inmóvil de pronto, subido en el poyete gris, en el borde del edificio, ya por fuera, sin nada que le sujete ni le proteja, mientras se concentra en el suelo a veinte metros bajo sus pies.
La cabeza le bulle, pero por fuera no se oye ni la plegaria de un alma. Y entonces ¡zas! Salto al vacío, golpe seco sobre el adoquinado sucio, gritos de gente que corre, unos hacia él y otros en dirección contraria. Y, antes de que llegue la ambulancia, Lucanor ya se ha puesto en pie y se está sacudiendo el polvo del abrigo.

—Otra vez igual —dice con desesperación.

Ante el asombro de todos, comienza a alejarse cabizbajo, sin más rasguños que uno insignificante en la mejilla, mientras la gente le mira y le deja ir. Todos inmóviles excepto él, que cada vez está más lejos.
Lucanor chasquea la lengua varias veces y tras esconderse en un callejón sombrío da un par de puñetazos a un viejo muro grafiteado.

—¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? —dice una y otra vez. Un trueno hace que parezca que el cielo se derrumba mientras él, desalentado, niega con la cabeza.

Entonces lo ve, un anuncio sujeto a la pared vieja con papel celo y que dice: “¿Está usted desorientado? ¿Necesita ayuda? ¿Cree que ha perdido las ganas de vivir o que tiene un problema sin solución? No se lo piense dos veces: llámeme al número 6089869543 y le atenderé en este mismo momento”.
Lucanor arranca el papel de la pared, lo mira otra vez, le da la vuelta, y finalmente decide subir a su apartamento y llamar a ese número de teléfono.
Son las once de la noche y cree que nadie le responderá al otro lado de la línea a esas horas. Sin embargo la voz envolvente de una mujer le acoge y le dice que escuchará todos sus problemas y le hará sentir bien.
Lucanor toma un taxi. Alrededor de su edificio ya no queda nadie, ni siquiera el coche ambulancia, que se marchó vacío y lleno de preguntas.
La mujer que le abre la puerta con una cálida sonrisa y enfundada en una camisa beige y una falda larga marrón, enseguida le da la mano y le lleva a un despacho grande. Él contempla su melena castaña, las ondas peinadas, mientras camina tras ella. Enseguida le dice que se tumbe en el diván, él obedece sin titubear y mientras se sienta y luego se recuesta, ella comienza a encender velas e inciensos por la sala y él siente una leve sensación de paz que primero le recorre tímidamente el cuerpo y luego la mente, relajándole. Sus extremidades le hacen cosquillas, por dentro la sangre parece que fluye más ágil, los músculos se aflojan y al fin respira profundamente. Ella enciende la última vela y va a sentarse frente a una mesa escritorio, frente a él.

—Comience a hablar, Lucanor —dice con la misma voz envolvente y cálida que escuchó por teléfono hace unos minutos—. Cuénteme todo lo que le tortura, lo que le inquieta, lo que le preocupa…

Lucanor tiene dos opciones: hacer lo que siempre ha hecho; callarse. O confiar al fin en otra persona para explicarle con detalle qué le sucede.
Está a punto de derramarse sobre el diván, de vomitarlo todo en esa sala en penumbra y con olor a cera afrutada. De pronto le paraliza el miedo, pero luego otra vez siente unos deseos irrefrenables de hablar, de escupirlo todo. Pasan los minutos. El silencio y la luz oscilante de las velas inundan la habitación. Ella no abre la boca, parece paciente, parece que no le importe en absoluto esperar el tiempo que haga falta, ni que le moleste estar atendiendo a un desconocido a esas horas de la noche mientras, quizá, tenga incluso familia, y puede que hasta esté su familia viendo la televisión en el salón de la misma vivienda mientras ella, allí, trabajando.

—Doctora —dice finalmente Lucanor—, no me sale.

—No se preocupe —responde ella—. Tenemos tiempo, relájese, aquí no le juzgará nadie y nadie conocerá sus secretos, solo yo. Y yo lo haré solamente para ayudarle. Puede contarme lo que quiera, no me escandalizaré, nada está bien o mal en este lugar, y todo tiene solución. Tranquilo.

El hombre empieza a pensar que quizá ella le esté tomando por un asesino arrepentido o algo así, entonces se inquieta. Él no es ningún asesino, ni siquiera es una mala persona, solo alguien desesperado.

—Estoy desesperado —dice entonces Lucanor.

—Bien, muy bien, ya lo ha dicho. Se siente desesperado.

—Eso es. Así me siento desde hace siglos.

—Seguramente no haga más que unas semanas o unos meses que se siente así. Siglos no puede hacer, pruebe a no exagerar y verá como comienza a dejar de ver el vaso medio vacío.

—Ahí ha dado usted con la clave de lo que me sucede. Es verdad que hace siglos que me siento así, no meses ni semanas. Siglos, doctora, siglos. Yo soy inmortal.

La mujer se revuelve en su asiento. Probablemente haya pensado justo en ese momento que ha dado con un loco, un loco de remate que no tiene solución. Una persona que ve la realidad completamente distorsionada. Sin embargo, ella dice con voz tranquila:

—Lucanor, ¿cuántos siglos exactamente hace que se siente así?

—Bueno, teniendo en cuenta que nací hace mil seiscientos veinticuatro años y que, más o menos durante los primeros ochocientos, aunque tuve mis malos momentos como todo el mundo, fui relativamente feliz, pues hace unos ochocientos veintitantos años.

—¿Lo ve? —dice ella—, dicho así no suena a tanto.

Y nada más terminar de hablar la mujer, se queda como pensando. Quizá pensando en qué es lo que ha dicho. Quizá en que debe ser la costumbre de quitarle importancia a todo lo que oye cada día. O quizá ni siquiera piense y solo finja hacerlo

—Bueno —dice él un poco sorprendido—, no me negará usted que es mucho tiempo, son más de ocho siglos.

La mujer carraspea, seguramente beba un trago de agua del vaso que tiene en la mesa y que no utiliza desde la tarde, desde que llegó su último cliente.

—Usted, Lucanor, continúe contándome lo que le preocupa. Y relájese.

—Bien, como le decía, doctora, durante los primeros ochocientos años, aunque tuve mis malos momentos, fui relativamente feliz, pero después llegó un día en el que todo empezó a dejar de tener sentido para mí. Y he ido arrastrando ese sentimiento, que además ha ido en aumento cada año, hasta ahora. Lo he probado todo, doctora. Esta misma noche he intentado suicidarme por décima vez, y no he sufrido ni un rasguño. Bueno, un rasguño sí, el que tengo en la mejilla, pero es casi imperceptible. Las ropas que llevo, eso sí, han quedado hechas una pena, como ve. Pero mi cuerpo está perfectamente.

La doctora vuelve a revolverse en su asiento. El hombre continúa hablando:

—Estaba tan cansado de ser inmortal que últimamente ya no me interesaba por nada. Ni por las mujeres ni por el mejor yate o una fortuna magnánima, ni siquiera por tener un hogar al que volver cada noche y dormir tranquilo y caliente. Lo he probado todo, he llevado a cabo todos mis deseos y, después, volví a probarlo todo otra vez pero de manera distinta; deportes de máximo riesgo, incursiones de largas temporadas en los sitios más peligrosos del planeta. Incluso he saltado dos veces de un helicóptero sin paracaídas, y nada me lleva al final.

Ella está frunciendo el ceño, y le mira desde detrás, desde su sitio tras la mesa, sin que él pueda ver sus gestos.

—Prosiga, Lucanor —dice entonces la mujer.

Él continúa hablando tras coger aire.

—Después de mil seiscientos veinticuatro años, sigo teniendo el mismo aspecto de chaval donde se quedó anclada mi vida. Ya me ve; pecoso, imberbe, se diría casi que a medio hacer. Pero por dentro estoy más curtido que la piel de un cordero en el desierto.

Ella lo advierte mientras le escudriña desde su asiento. Contempla su pelo abundante y rojizo. Su nariz chata. Cree atisbar también sus pecas en la punta de esa naricilla tersa.

—Al principio buscaba la comodidad y después la abundancia, luego me cansé de aquello y empecé a desafiar al mundo y sobre todo a mí mismo. Cada vez sentía menos y cada vez me exponía más. Me he convertido en mil personas distintas: ladrón de guante blanco, sacerdote de la orden de los primeros jesuitas codeándome incluso con el mismísimo Ignacio de Loyola. Poeta francés en el XIX, esa época la recuerdo con nostalgia porque fue en verdad intensa y divertida. Jugador de póker a finales del siglo XX, en los años noventa para ser exactos. Usted, doctora, ya había nacido —ahí hace Lucanor una breve pausa, y continúa—. Bróker... Por cierto, también luché con Felipe II en la guerra anglo-española. Fui profesor de historia en el IMBAD, de ruso y latín en la Universidad de Warszawski. Fui Caballero del rey Carlos III de España, VII de Nápoles y V Sicilia. Del zar I de Rusia. Ah, y conocí a Juana I de Castilla, una mujer muy especial que, además, no estaba loca en absoluto, entre su padre y su hijo la mantuvieron encerrada durante décadas, solo para poder dominar ellos el Reino, eran unos sinvergüenzas, ahí donde les ve. El rey Fernando El Católico, ese sí que estaba loco, eran tiempos muy duros en España con todo ese pensamiento frígido y represivo. Pero, cambiando de tema, porque pensando en esos años me enervo… también dirigí durante una década cierta empresa de seguros, a principio de los años veinte del siglo pasado, en Nueva York, antes de la caída de la bolsa. Y he montado varios negocios en distintos siglos que no le voy a narrar porque le aburriría. En fin… todas esas experiencias me dieron un extenso conocimiento del mundo y del ser humano, pero también comenzó a surgir en mí un distanciamiento hacia los demás y cierta desazón porque cada vez me parecía menos al resto del mundo. Las experiencias vividas, casi infinitas, y no tener a nadie con quien compartir esto que me sucede o mejor dicho que nunca me sucede y que es lo que todo el mundo teme más en el mundo; la muerte, es lo que me hace separarme cada día más del resto de humanos. Bueno, eso y también haber vivido en tantas culturas distintas. Mis carnes, doctora, han vivido tanto, sentido tanto…, hasta que me he ido quedado anestesiado, poco a poco, y ahora ya nada me interesa.

Entonces ella se levanta de la silla sin dejar de mirarle. De pronto, no se sabe si la mujer comienza a creerle de verdad, si le gusta escucharle, o simplemente quiere llevarle por un camino que acabe finalmente en la recomendación de que vaya mañana mismo a tal o cual centro psiquiátrico, pero ella se queda de pie, detrás de él, y acercándose despacio hacia la ventana y mirando tras el cristal, dice:

—Lucanor, casi se diría que estás hasta deprimido.

Él se da la vuelta y la mira con extrañeza.

—Un inmortal deprimido —continúa la mujer—. Entiendo tu frustración, si me permites que te llame de tú.

—Claro, doctora, llámame de tú.

—Y entiendo tu desasosiego, ¿a quién ibas a contarle esto, la causa de tu depresión? Es hasta lógico que este estado de ánimo te embargue cada vez más, igual que es lógico que si esto llegas a explicárselo a alguien, para desahogarte, la gente pueda tomarte por loco.

Y ahí, tras esas palabras, Lucanor se queda pensativo. Extrañado. ¿Por qué la doctora parece tan tranquila tras su discurso? ¿Por qué no le mira con los ojos abiertos como platos ni se pone a tartamudear sorprendida o incluso asustada?

—Perdone, doctora, pero me parece que no me cree.

—Claro que sí, Lucanor.

Y ahí ya sí que se le pone el estado de alerta a Lucanor en todo el cuerpo. Ya sí que piensa que ella no se está creyendo nada. Quizá haya incluso telefoneado o pulsado algún botón en su mesa para que la policía o los médicos vengan a buscarle. Seguro que le ponen una camisa de fuerza y le meten en una celda por el resto de su vida, o mejor dicho hasta el fin de la vida de los demás, de los que le encierren, como ya le sucedió en el siglo XIX.
Pero por otro lado, se siente tan a gusto en esa sala, contándole a alguien al fin su secreto. Y la habitación huele tan bien, y la voz de la mujer es tan envolvente, que no quiere marcharse de allí.
Entonces, vuelve a hablar.

—Doctora, sabe, he tenido, a lo largo de mis mil seiscientos veinticuatro años de vida, tantas mujeres y tantos lujos como he querido. Me hice rico de un día para otro, y luego pobre por decisión propia, y luego rico otra vez, y ahora ya me da igual todo. Ahora a veces duermo debajo de un puente, a veces en mi apartamento, o en plena selva salvaje, y ya nada me hace sentir, ni bien ni mal. Por no sentir, no siento ya ni el frío ni el calor, ni el sexo ni su ausencia. Sin embargo aquí me siento tranquilo y me siento arropado. Percibo cierto cariño o comprensión en su voz, aunque sea falso, que no lo sé. Pero permita que me relaje y me crea que usted me cree, que siente incluso cierta comprensión o piedad hacia mí y hacia mi historia.

La mujer carraspea.

—No sé si puede ponerse en mi lugar, pero inténtelo. Estoy como muerto solo que mi corazón sigue latiendo, mi cabeza pensando, mi cuerpo continúa siendo fuerte e inmune a la muerte. Años atrás, cuando aún guardaba alguna esperanza, fui incluso loquero, ya ve, como usted ahora. Y antes de eso me diagnosticaron locura. Incongruencias de la vida, fíjese que llegué a dirigir un hospital siquiátrico cuando todavía existían esos antiguos edificios estatales que daban electroshocks y otras prácticas tan inhumanas y maquiavélicas a los pobres enfermos, aunque yo mismo conseguí abolir ese método en mi país en 1965. Porque en un tiempo anterior también lo había vivido en otro de esos hospitales como paciente. He pasado a un lado y al otro de cualquier línea sin ningún esfuerzo, de todas las líneas, excepto la de la muerte. He sido un hombre bueno y un villano, un santo y un hombre maquiavélico. Budista, cristiano, ateo. Mi cabeza ya ni sabía por qué debatirse. Estaba decepcionado de todo y solo me calmaba la idea de que cualquiera que pasase por mi misma situación de ser inmortal, cualquier persona del mundo, habría vivido, intentado y sido igual que yo. Si hubiera más inmortales en el mundo, yo habría sido un inmortal de lo más normal, un inmortal vulgar incluso, nada fuera de lo común, ya me ve. Pero como soy el único, o al menos no he conocido jamás a ningún otro en todos estos siglos, resulto un ser extrañísimo del que la gente habla con desconfianza o incluso con miedo, porque visto así desde fuera, aunque nadie sabe qué me sucede o cómo ha sido mi vida, o mi familia, sí que resulto en verdad extraño.

—Lucanor, ahora que menciona a su familia, dígame, hábleme de ella. ¿Hubo malos tratos? ¿Tuvo usted un padre o una madre demasiado autoritaria?

—Ay, la familia —repite Lucanor—, la familia. ¿Sabe que cada veinte años tengo que falsificar mi fecha de nacimiento en el carné de identidad y en el de conducir, para que nadie sospeche de mi edad? Encima eso, tengo que esconder mi secreto con el mayor de los cuidados y escrúpulos, y, ¿sabe por qué? No quiero que nadie sepa mi secreto, porque ya una vez, poco más de cien años atrás, cometí el error de contarles todo a unos médicos y me acabaron encerrando. Encerrado hasta que todo el mundo que sabía de mi extraña particularidad había muerto, y los nuevos ya no sabían qué hacía allí yo. Y allí mismo estudié para hacerme doctor. Y salí del psiquiátrico por la puerta grande, siendo un reputado psiquiatra, pero esa es otra historia —Lucanor se detiene unos segundos y después continúa—. ¿Sabe? De hecho en Escocia aún cuentan la leyenda del inmortal, incluso a mí mismo me contó la leyenda un marinero. Claro, ni que decir cabe que he conocido todos los países del mundo.

—Sí, Lucanor, pero no se desvíe del tema, hábleme de su familia.

—Ah sí, la familia. Comprenda que los olvide, hace ya tanto tiempo…

—Claro, Lucanor, pero haga memoria.

—Tuve hijos, nietos, bisnietos, tataranietos, hasta que decidí dejar de seguirles la pista y quizá mi descendencia acabó por desaparecer. Lo que está claro es que ninguno de ellos nació inmortal como yo, porque a todos los vi morir y los seguí durante casi quinientos años.

—Lucanor, la verdad es que su relato es fascinante.

—Oh ¿sí? ¿Eso le parece?

—Desde luego. ¿Qué le queda ya? ¿Qué espera ya de la vida? ¿Y la vida, de usted? Fíjese que es muy fuerte lo que me está contando.

—Lo sé señorita, lo sé. Qué me va usted a contar. Por cierto, ¿se ha fijado que hemos vuelto a llamarnos de usted?

—Oh, no había caído en ello. Pero es que me lleva usted a otras épocas, a otros mundos… Debe ser un hombre muy sabio, lo reconozco.

—Bueno, doctora, no hace falta que me adule. No estoy orgulloso de ello. Pero déjeme que siga narrando. ¿Sabe? Quizá haya llamado ya a la policía o a los loqueros para que vengan a por mí, quizá tenga un botón debajo de la mesa que le conecte con ellos en casos muy especiales, como el mío. Pero ¿sabe qué? No me importa, ahora mismo no me importa nada más que estar aquí, hablando, contándole mi tortura a alguien que me escucha y que parece interesado en mí. Así que continuaré mi relato.

—Por favor Lucanor, siéntase como en casa. Continúe.

—Pues, como le decía, nadie de mi familia nació inmortal como yo, a todos los vi morir y los seguí durante casi quinientos años. He dormido en cementerios durante años, acompañado de mis muertos a lo largo del tiempo y de distintos países. Dormí también en iglesias y en mezquitas. En camas calientes con mujeres bonitas y menos bellas, jóvenes y viejas, buenas y mezquinas. Amé y me equivoqué y odié a partes iguales. Un día supe que el ser humano no cambiaría nunca y, como ya lo conocía demasiado o al menos eso creía, dejé de interesarse por él.

—Seguro que hasta deseó venderle su alma al diablo solo para pedirle la muerte, pero este nunca apareció en su vida para hacerle dicha proposición ni cualquier otra.

—Cómo lo sabe.

—Lo imaginaba, es solo ponerme en su lugar y se me ponen los pelos como escarpias.

—Pues sí, doctora, así es.

—Continúe, por favor.

—Fui astronauta y conocí otros mundos, otras galaxias, pero eso tampoco sirvió de nada.

—Y seguro que hasta se preguntaba: ¿Cuándo se atrofiarían sus huesos? ¿Cuándo se cansaría de latir su corazón?

—Exacto, Ya ni siquiera me enamoraba, ni siquiera me sorprendía con ninguna cosa, ni siquiera reía o lloraba, ni siquiera tenía sueños o deseo alguno, solo sobrevivía aletargado.

—Pobrecito, Lucanor. Pobrecito.

Entonces la doctora se acerca al fin hasta él y se sienta a un lado del diván donde está tumbado el hombre.

Le acaricia el pelo.

Él, sorprendido, la mira a los ojos. Son oscuros y brillan titilantes al candor de las velas encendidas.

—Es usted tan bella. Y me comprende.

—Claro que le comprendo —dice ella sin dejar de acariciarle y mirarle.

—Hace siglos que no me sentía tan a gusto con nadie.

—Yo tampoco —dice ella.

—¿Habla en serio?

—Totalmente.

A él se le encienden de nuevo todas las alarmas, está seguro de que la policía llegará en pocos minutos. Sin embargo, extrañamente le da igual. Por ese momento daría décadas de vida encerrado. Por sentir lo que está sintiendo ahora, aunque sea mentira.
Se deja llevar. La mujer continúa acariciándole y los dos se abrazan.
A pesar de que él se siente en una nube irreal, más irreal casi que su propia vida, no quiere pensar. Le hace un hueco en el diván. Ella se tumba a su lado. Y él le sigue hablando de sus siglos de vida hasta que llega el amanecer.
Ya se oyen los sonidos de las sirenas de la policía o de la ambulancia. Ella duerme. Él se despierta pero se queda inmóvil, respirando su olor, el de ella. Llaman a la puerta. La tiran abajo. La mujer se despierta agitada. Traen una orden de detención para la mujer mientras le leen sus derechos. La acusan de estafadora, y ella, ya despierta, le mira sonriendo como una niña feliz con un juguete nuevo mientras se la llevan. El hombre, todavía emocionado, le dice que sea fuerte, y le promete que irá a verla a donde ella esté, que velará por ella siempre.

—¿Y con este hombre tan raro qué hacemos, mi sargento? —dice uno de los policías.

—Déjalo, ¿no ves que es un mendigo loco?

 # # #

PODÉIS ENCONTRAR EL LIBRO EN LA CASETA 314 DE LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID HASTA EL 14 JUNIO 2015. 
TAMBIÉN, AQUÍ: https://editorialamarante.es/libros/relatos-breves/el-senor-de-cuenca-que-pulso-un-boton-y-desaparecio-y-otras-historias

miércoles, 11 de marzo de 2015

Presentación de "El señor de cuenca que pulso un botón y desapareció. Y otras historias"

Escrito por la Revista Acalanda (Acalanda Magazine).

El pasado viernes 6 de marzo se presentó en Madrid el último libro de relatos de Silvia Sánchez Rog, El señor de Cuenca que pulsó un botón y desapareció y otras historias, publicado recientemente por Editorial Amarante.

El escritor y traductor Juan Aparicio Belmonte acompañó a Silvia Sánchez en este acto, llevado a cabo en la librería Gaztambide, y contó también con la presencia de Esther Aparicio y Emma Cotro, escritoras de Editorial Amarante, entre los asistentes.

El señor de Cuenca que pulsó un botón y desapareció y otras historias es una colección de relatos unidos por un nexo común, historias cotidianas ubicadas en un futuro próximo donde ya existen los hombres invisibles, la clonación humana y los viajes en el tiempo. Leer a Silvia Sánchez Rog implica aceptar sus reglas y dejarse llevar a un mundo donde lo irreal se lleva a la cotidianeidad.
Sin lugar a dudas uno de los mejores libros de relatos que se podrán leer este año.
                                       De izq a derecha: Emma Cotro, Esther Aparicio y Silvia
                                       Sánchez Rog. (Todas, escritoras de Ed. Amarante)


FUENTE:
http://acalanda.com/2015/03/08/silvia-sanchez-rog-presento-su-ultimo-libro-de-relatos/?fb_action_ids=917724198267563&fb_action_types=news.publishes&fb_ref=pub-standard

La primera crítica de mi nuevo libro. Por la periodista, escritora y profesora, Alena Collar

Silvia Sánchez Rog. El divertirse escribiendo.


Tengo al acabar este libro, el señor de  Cuenca que pulsó el botón y desapareció y otras historias, de Silvia Sánchez Rog, la sensación de que la autora de estos cuentos se lo pasa pipa escribiendo.
No la conozco, y no conozco su editorial, Amarante. Alguien en redes dio un “me gusta” a su evento de presentación, a mí me chocó el título y lo compré en formato e-book. Lo hago así cuando desconozco a quien escribe y no sé si realmente me va a gustar.

Bueno, pues me ha encantado. Les cuento: resulta que estos relatos son del género que suele llamarse de “ciencia ficción”, y allí nos encontramos con gentes que pueden conocer sus distintas vidas posibles a través del teléfono, a personas que se transportan a otra dimensión desde la ducha del cuarto de baño, a clones de seres humanos que toman decisiones por si mismos, a inmortales a quienes les estafan, a tostadoras demasiado inteligentes, a personas que desdoblan sus vidas para vivir otra…y así siguiendo.

Todo esto se cuenta de una manera absolutamente despreocupada; me explicaré: quiero decir que la autora cuenta una historia como si fuera lo más natural del mundo y si nos sorprendemos allá nosotros. Por eso en la mayoría de los cuentos no hay lo que técnicamente se llama “un desenlace”, sino una  posibilidad abierta de que el cuento siga su desarrollo después de acabar nosotros de leer.
Con un lenguaje del común, nada artificioso, muy divertido, planteando situaciones muy visuales que hacen soltar la carcajada, y en otros planteándonos también preguntas sin la menor moralina, estos cuentos son pura frescura y originalidad. Por eso decía al principio que me parece que la autora se lo ha pasado pipa escribiendo; se le nota una despreocupación absoluta por la pedantería, por el estilo, o mejor dicho: por lo que los demás vayamos a decir de lo que escribe; ella escribe y lo hace de perlas.
Me gustaría mucho que leyeran ustedes este libro: es corto, es divertido, es refrescante y está muy bien escrito; además de ser absolutamente coherente literariamente hablando; es decir, que dentro de las situaciones que plantean los acontecimientos entran en lo verosímil con total naturalidad y además hay una tensión narrativa perfectamente estructurada en ellos.

Mi enhorabuena a Silvia: ojala tenga muchísima suerte en este mundillo literario tan injusto a veces.

POR ALENA COLLAR, en "LA BITÁCOTA DE ALENA COLLAR"
Actualmente dirige la revista digital Alenarte.

miércoles, 4 de marzo de 2015

OS INVITAMOS A LA PRESENTACIÓN DE "EL SEÑOR DE CUENCA QUE PULSÓ UN BOTÓN Y DESAPARECIÓ"

 Silvia Sánchez Rog nos presentará su último libro, una antología de relatos titulada "El señor de Cuenca que pulsó un botón y desapareció. Y otras historias". En la librería Gaztambide c/ Gaztambide, 6 (Metro Argüelles) Madrid. Acompañada por el escritor Juan Aparicio Belmonte.
Este viernes 6 de marzo. A las 19:30hs. 

Os esperamos.
https://www.facebook.com/events/502860513186834/

miércoles, 11 de febrero de 2015

"El señor de Cuenca que pulsó un botón y desapareció. Y otras historias"

Como decía en su decálogo Jan Svankmajer "La imaginación es subversiva porque contrapone lo posible a aquello que es real. Es por ello que debes utilizar siempre la imaginación más desenfrenada. La imaginación es el don más grande que ha recibido la humanidad. Es la imaginación, y no el trabajo, lo que humanizó al hombre. Imaginación, imaginación, imaginación."

Mi nuevo libro de relatos, que acabo de publicar con la editorial Amarante, ha sido un viaje a la parte más loca y divertida que hay en mí. He disfrutado jugando con la realidad y mezclándola con las posibilidades infinitas que llegarán a ser nuevas realidades. 
Personajes corrientes soprendidos, asombrados, impasibles o sumidos en la emoción intentan continuar con sus vidas o adaptarse a lo nuevo en esta vorágine de cambios veloces y radicales.

Espero que os guste. Como siempre, va con amor para todos los lectores. 

Además de en las librerías, también puedes recibirlo en tu casa, vivas en el país que vivas, con un solo click y un gasto de envío simbólico, gracias a la gran labor de la Editorial Amarante. https://editorialamarante.es/libros/relatos-breves/el-senor-de-cuenca-que-pulso-un-boton-y-desaparecio-y-otras-historias

Sinopsis

“El señor de Cuenca que...” es una colección de relatos unidos por un nexo en común, son historias cotidianas ubicadas en un futuro próximo donde ya existen los hombres invisibles, los clones de personas, los viajes en el tiempo, etc. Las historias, a veces delirantes, muy divertidas y también con buenas dosis de misterio e intriga, nos muestran de igual manera su particular confusión, su particular lucidez, a veces intentando encontrar el sentido de lo novedoso e inexplicable.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Participando en 'Pequeñas Resistencias 5'


Andrés Neuman repasa lo mejor del nuevo cuento español en 'Pequeñas resistencias 5'

Europa Press, 04 de noviembre de 2010 a las 20:34

El autor Andrés Neuman publica la antología 'Pequeñas resistencias 5', que repasa la literatura breve de la última década a través de la obra de cuarenta jóvenes escritores del siglo XXI, ocho años después de su primera inmersión en los mejores caladeros del "nuevo cuento español".
El libro, publicado por Páginas de Espuma, muestra el actual esplendor de la narrativa breve en nuestro país a través de la mirada original de medio centenar de autores noveles y coincidiendo, a su vez, con el décimo aniversario de esta editorial independiente.
De esta forma, el creador de 'Pequeñas Resistencias' regresa a sus orígenes a través de una "exploración dinámica" y "sin prejuicios estéticos" del relato breve, registrando "sus tradiciones, su diversidad, sus cambios y, muy en particular, el avance las jóvenes narradoras".
La publicación, prologada por Eloy Tizón, reúne así "firmas consagradas y nombres por descubrir", "trayectorias sólidas y apuestas sorprendentes", en una apuesta decidida por el "talento" completada con un apéndice en forma de cuestionario sobre los nuevos autores nacionales.

Antología de relatos 'Pequeñas Resistencias 5' (diario El País)


REPORTAJE: talentos


Los últimos en vivir del cuento

Páginas de Espuma reúne en 'Pequeñas resistencias 5' los textos de 40 escritores nacidos después de 1961


CAMILO SÁNCHEZ, EL PAIS - Madrid - 05/11/2010

El cuento ha ganado espacio entre editores y lectores a base de argumentos ingeniosos y calidad narrativa. Un buen ejemplo: la historia de un desdichado que se dedica a responder los spam para aliviar los agujeros dejados por una soledad mal llevada. Este y otro puñado de relatos, firmados por 40 escritores nacidos después de 1961, se incluyen en Pequeñas Resistencias 5, Antología del nuevo cuento español, presentada ayer bajo la mirada escrutadora de una veintena de autores en el salón Borges de la Casa de América de Madrid.


El libro sirve como una "cartografía" del nuevo relato corto en español
Los escritores de esta edición, entre los que se encuentran Mercedes Cebrián, Elvira Navarro, Espido Freire, Berta Marsé o Ricardo Menéndez Salmón, no pertenecen a una misma generación ni tampoco pueden ser encasillados dentro de una corriente estética. Se trata, simplemente, de autores de distintas edades que han publicado al menos un libro de cuentos desde 2001.
El encargado de la presente edición fue el argentino Andrés Neuman, quien explicó que la selección se ha basado en la diversidad estética y en las propuestas de calidad. "En esta sociedad de la hiperabundancia", dijo, "un libro de estas características sirve para ofrecer una síntesis al lector".
Estados Unidos y América Latina tienen una tradición cuentística más arraigada que la de España. Páginas de Espuma asumió hace diez años el desafío de llenar esa "fisura de manera casi quirúrgica". Para "celebrar" esos diez años dedicados a "vivir del cuento", también se editó un libro con retratos del argentino Daniel Mordzinski -o "fotinski" como le llamó Andrés Neuman-.
El primer tomo de Pequeñas resistencias salió en 2002, dedicado al nuevo cuento español. El segundo reunió textos de autores centroamericanos; un tercero se dedicó a la nueva literatura suramericana, y el cuarto recopiló textos de Norteamérica, México y el Caribe. "Es una herramienta muy útil porque sirve para entender por qué caminos va el cuento en nuestro idioma y por dónde puede ir en el futuro. Como brújula funciona muy bien; es una antología que corrobora el buen momento que vive el cuento en español", indicó el escritor Eloy Tizón, prologuista del tomo, que cuenta con 505 páginas.
Juan Casamayor, director de la editorial, y condecorado de manera simbólica con un pin de Edgar Allan Poe, repasó las andaduras del sello editorial desde febrero de 2000, cuando apareció en las librerías el primer título, Escritos de Buñuel. A juzgar por el interés creciente de los lectores, ha quedado claro que los libros de cuentos ya no suelen ir a parar a la basura.

jueves, 20 de agosto de 2009

Cercanías

Este cuento pertenece al libro 'La mujer sin memoria y otros relatos'.

Clo está pasando la aspiradora por la alfombra india del salón cuando suena el teléfono.
Es su marido. Habla en voz baja.
—Clo, he estado pensando. He pensado en nosotros, en lo bonito que era, en cómo lo estamos estropeando con nuestras discusiones...
Hace una pausa y continúa cuando encuentra las palabras adecuadas:
—Mira, creo que lo mejor será que dejemos de hablarnos por un tiempo. Seguimos la convivencia igual que siempre pero sin hablar. A veces tengo la sensación de que las palabras nos estropean, que son todo malos entendidos.
Clo suelta el mango de la aspiradora y se sienta en el sofá.
—¿Qué te parece?, ¿no es una buena idea? —sigue hablando él.
—No sé —contesta Clo.
—Piénsalo. Yo creo que nos puede venir muy bien: ni una palabra de ahora en adelante. Salvo para hacer el amor. Ahí sí vale hablar, que sé que te encanta que te diga guarrerías.
Clo emite una risa suave. Luego añade:
—A ti también te gusta.
—Pues por eso. Sólo podremos hablar cuando tengamos sexo. El resto del tiempo que pasemos juntos ni una palabra. Hasta que volvamos a vivir como antes.
—Es la última vez, Max. Si esto no funciona no hay nada que hacer. Ya lo hemos intentado todo.
—De acuerdo. Sólo una cosa más: te quiero.
—Yo también te quiero.
Tras colgar el teléfono Clo se queda en el sofá. Se tumba y pone las piernas en alto. Voltea lentamente la cabeza y mira la alfombra india del salón; la mitad limpia y luego las madejas de pelo de gato que hay en la otra mitad. Piensa que quiere a su marido, luego piensa que también querría vivir otras vidas. Se da cuenta de que lo quiere todo y se asusta.
Después baja a la calle. Lleva en unas bolsas las cortinas del salón y las fundas del sofá.
Sentada en un banco de la lavandería, mirando las secadoras, Clo se deja llevar por el meneo silencioso y monótono de aquellos tambores que giran de derecha a izquierda a gran velocidad. Entonces imagina que quizá una vida silenciosa sea una vida mejor, una vida más limpia.

Días más tarde la convivencia es extrañamente tranquila. No hablan, no discuten y al llegar la noche hacen el amor.
Pero la idea de Max no funciona porque después de las primeras caricias, de las primeras palabras tiernas y de deseo, aparece por sorpresa alguna frase de boca de cualquiera de los dos que nada tiene que ver con aquel amor que se traen entre manos y, entonces, se enganchan el uno con el otro y discuten de nuevo.
—Estamos enfermos —dice él finalmente.
Después llegan al acuerdo de dejar de hacer el amor.
No hablan, no discuten. Cada noche tapan sus deseos bajo las sábanas de hilo. Luego los echan a los pies de la cama, arrinconándolos para que no estorben como Clo hacía antes con sus bragas y Max con los calzoncillos. Intentando conciliar el sueño cuanto
antes para salvar la relación. Como para protegerla de un mal mayor.

Clo encuentra trabajo en una cafetería de la zona empresarial de la ciudad. Max cambia el turno del suyo para coincidir en casa lo menos posible. El gato va engordando y, una noche, Clo sueña que hace el amor con todos los hombres con
los que tropieza camino del trabajo.
Al día siguiente le explica a su jefe que debe salir antes para ir al dentista. En su lugar, toma el tren hasta aquellos grandes almacenes de las afueras de la ciudad.
Allí compra una cámara de vídeo. Con ella se filma desnuda sobre la cama.
También coloca la cámara sobre el poyete del lavabo y se ducha con las cortinas descorridas. Luego le deja a Max las cintas de vídeo sobre el televisor y él las ve de madrugada, una y otra vez, hasta quedar exhausto.

Pasan las semanas. Max ha aprendido a utilizar aquella cámara y se graba para Clo desnudo, haciendo flexiones, secándose el cuerpo recién salido de la ducha, fregando el suelo del baño. Y Clo acaba derretida entre los cojines del sofá cada vez que mete una cinta en el aparato de vídeo y le ve a él dentro de la pantalla.
Cuando están juntos en casa ambos fingen no reparar en la presencia del otro pero a menudo se juntan en el sofá para ver los mismos programas de la televisión y uno acaba por fingir que se duerme para dejar caer su mano sobre la mano del otro, o se rozan con la pierna que tienen más cerca. Clo coge la costumbre de sentar al gato entre ellos dos y mientras ambos aparentan acariciarlo se buscan con los dedos hasta
que se encuentran y padecen el escalofrío de su cercanía.

A veces Max se sorprende escondido detrás de una puerta o asomándose a otra habitación y observando a su mujer como si fuera una desconocida. A estas alturas su presencia le produce gran curiosidad, ahora le resulta misteriosa.
Se queda como fascinado o estupefacto mientras ella se prueba sus vestidos y da vueltas sobre sí misma frente al espejo. Se imagina cosas, con ella. Tiene que dominarse para no moverse del sitio, pero lo hace, se contiene, piensa en la
promesa.

Un día, ya entrada la primavera, a Max le premian en el trabajo con un suculento talón por haber captado en los últimos meses más clientes de lo habitual entre los empleados de la compañía. A la mañana siguiente coge su coche y se desplaza hasta esos grandes almacenes de las afueras de la ciudad.
Deja el automóvil aparcado en la explanada del parking.
Hace calor.
A lo lejos un tren plateado cruza los campos de trigo. Más cerca se alzan unas enormes torres de alta tensión y también una fábrica o una refinería.
Max se gira sobre sus talones y con la chaqueta al hombro entra en los almacenes.
Tres horas después sale de allí y en una semana tiene montados en su casa dieciocho muebles nuevos.
El angosto pasillo que lleva a todas las habitaciones es ahora una especie de túnel comprimido, atestado de muebles, por el que cada vez que Clo y Max se cruzan, él siente los pechos de ella rozándole el torso y ella tiene que cogerlo por la cintura
para poder pasar. Casi se rozan los labios cerrados porque ella levanta mucho la cabeza fingiendo necesitar aire; y él decide volver a afeitarse cada mañana para no rasparle con la barba.
La vida está ahora envuelta en un silencio mantenido a base de sensaciones.

Otra noche, estando Clo sola en casa, se le ocurre una idea mientras se lava los dientes. Va a la habitación, baja las persianas, se pone de pie sobre el colchón de matrimonio y comienza a dar saltos. Habían comprado esa cama hace tres años(recién alquilaron la vivienda) y la garantía ya ha expirado.
Salta, brinca, patalea hasta quedar extenuada y cuando comprueba de nuevo el colchón éste tiene varios muelles rotos. El parqué cruje ahora doblemente cuando el gato se
asoma para ver qué pasa y estira sus orejas estremecido.
A la mañana siguiente Clo pide de nuevo permiso en la cafetería y toma el tren hasta alejarse de la sensatez de la ciudad.
Se apea en una estación pequeña, nueva, muy limpia.
Camina quince minutos por un polígono hasta llegar a los grandes almacenes. Allí encarga el colchón más pequeño que encuentra y pide hablar con el encargado del establecimiento para que instalen la nueva cama en su casa esa misma tarde.
Esa noche Max y ella duermen más apretados que nunca.
Amanece y Max descubre en el rostro de Clo una enorme sonrisa.
Han tenido que pasar la noche abrazados para no caerse de la cama y cuando en el trabajo ella se lleva a la boca la taza de café que acostumbra a tomar cada mañana, le viene un olor dulce, embriagador, ligero, salado. Se huele las manos.
Huelen a Max.

Hasta que llega un caluroso sábado de mediados de verano. Clo, que vuelve de comprar el pan, encuentra en el buzón una carta del administrador de la finca. La carta dice que por graves complicaciones en la infraestructura del edificio deben abandonar la vivienda lo antes posible ya que el próximo invierno será derribada.
Al entrar en el salón con aquella cara pálida, Max se acerca hasta Clo y le coge la carta. Ella separa un mueble del tabique del salón y ve entonces las grietas en las paredes. Se miran durante varios minutos. Después se abrazan y dejan caer unas lágrimas el uno en el hombro del otro.
Vuelven a mirarse, a abrazarse. Tan platónico es lo que sienten ya por aquel entonces que ninguno de los dos se atreve a estropearlo con palabras y cada uno decide marcharse a su ciudad natal cuando arreglen los trámites de la mudanza.

Mientras tanto, caminan torpemente por aquella casacada vez más reducida, más llena de muebles y, sin querer, lo van volcando todo a su paso, sillas, estantes, vasos, cubiertos. Nerviosos y excitados de saberse, aún, el uno cerca del otro.
Idealizándose tanto que ambos sienten ahora vergüenza de mirarse a los ojos y se ruborizan cada vez que esto ocurre.

La mujer sin memoria



Este cuento pertenece al libro 'La mujer sin memoria y otros relatos'.

La mujer sin memoria mira a los ojos al hombre con quien acaba de hacer el amor y se estremece.
Están desnudos sobre la cama, sobre las sábanas azules. Él ha apoyado la espalda contra la pared. Respira hondo. Entreabre los labios voluptuosos. Ha extendido las piernas a lo largo del colchón y acaricia la mano de ella.
Ella sigue tumbada. Su melena rubia se vierte sobre el almohadón de plumas, se derrama por todas partes. Parece que estuviera nadando, o flotando en el aire, con toda esa melena desplegada.
Las cosas no son nada fáciles para esa mujer, no hace falta decirlo. En cualquier momento todo lo que acaba de ocurrir en aquella habitación se borrará de su mente, dejará de existir. Ella seguirá recordando los conceptos, pero no a las personas. Mientras tanto, ahora, no percibe nada más que al hombre
que hay a su lado. Tan impresionada está.
Se pregunta si será la primera vez que están juntos, le parece guapo y sensual. Le gusta mucho.
El atardecer se filtra por las ranuras de las persianas bajadas, destila finas hebras de sol por las paredes de la estancia.
No se oye nada en ningún lugar.
Él cierra los ojos y aprieta su mano con fuerza. Ella le imita y pronto siente que se cae por un agujero muy profundo y que todo su cuerpo se hunde. Es una sensación grandiosa, la más intensa que cree haber vivido.
Siente vértigo, que le falta el aire e, impresionada por lo extremo de las sensaciones que la absorben, abre los ojos azules que se quedan muy redondos mirando al techo del cuarto.
Respira hondo.
Se pregunta si será amor eso que ha sentido.
Pasan unos minutos.
Cuando vuelve a mirar al hombre, se estremece. Le embarga una sensación extraña. Le ve pero no le sitúa. Él no tiene un lugar en la cabeza de esta mujer. Nadie lo tiene.
¿Por qué se siente como si estuviera nadando en un lago sin fondo y con los ojos vendados? ¿Cuántas veces se habrá hecho la misma pregunta?
Aún reconoce las últimas horas que ha pasado con él. Nada más que eso.
Se asusta.
Enseguida su mente racionaliza que es muy probable que cada día tenga idénticas sensaciones. Que es inútil ponerse triste.
«Quizá sea mejor así —se dice—. Sin recuerdos».
No puede ni imaginarse cómo sería la sensación de almacenar datos y sentimientos durante años sin descanso. Cree que su mente no podría soportar el peso de un solo recuerdo porque no está acostumbrada a ello.
Finalmente, abraza al hombre que tiene a su lado. Abarca todas las gratificantes sensaciones que le produce su compañía.

El tiempo transcurre.

Una noche, las farolas iluminan la lenta caída de los copos de nieve. La mujer sin memoria contempla la imagen a través de una ventana. La nieve cubre los tejados de la ciudad, las antenas y los árboles de la calle.
Dentro del apartamento la calefacción está al máximo y el aire es caliente.
Suena la música de Barry White.
La mujer que no tiene memoria vuelve a la cama. Se quita el albornoz y se echa boca abajo junto al hombre allí tumbado. Se abrazan.
Se siente feliz.
Piensa que está enamorada de él.
Sonríe. Se ilumina.
Enseguida levanta su cuello esbelto para mirar a los ojos al hombre.
Él continúa tumbado boca arriba y tararea la canción. Solo sigue la melodía, no canta la letra.
Parece contento.
Ella se inclina para besarle.
El pelo suelto le cae sobre los hombros y roza el pecho del hombre.
Se acerca. Besa aquello que le produce tanto placer.
No sabe si es la primera vez que están juntos. No quiere hacerle preguntas porque no le apetece sentirse una inválida.
A él se le nota perfectamente que sí tiene memoria, se le ve muy seguro de sí, de sus actos, como sabiendo dónde está y con quién en todo momento, como quien tiene un pasado ya hecho y un futuro por lo menos medio planeado. Ella ni siquiera cuenta con el dato de si le ha conocido esa misma noche o llevan juntos, por ejemplo, diez años.
De repente le mira con esa mirada poderosa que siempre tiene la mujer sin memoria.
Ella mira así, tan intenso, casi con urgencia, porque necesita aferrarse a algo con los ojos, a cualquier cosa, para no sentir ese desapego a todo que tan a menudo la ahoga.
De nuevo baja la cabeza, la deja reposar sobre el pecho del hombre. Durante un momento, descansa.
No hace falta decir que ella solo llega a descansar a ratos, instantes sueltos. Lo otro, la desazón, es una constante. A menudo controla sus impulsos (conoce su defecto y le gusta disimularlo). Con frecuencia esto la lleva al agotamiento. El agotamiento le produce sueño y cuando despierta ya no recuerda nada.
Si no hay marcha hacia delante hay marcha atrás.
Continuamente esa lucha.
Tiene el cuello ladeado, la cara mirando hacia la ventana. Se ha quedado observando la fragilidad de los copos de nieve en la intemperie, a través de la luz de las farolas.
La nevada la impresiona pero también le parece muy hermosa, muy especial, vista desde el torso del hombre, desde el interior de esa habitación.
Nadie más que la mujer sin memoria podría nunca comprender lo que ella siente cuando siente.
Ni lo poco que ella puede llegar a sentir.
Tan difícil resulta lo uno como lo otro.
De pronto se nota feliz; se imagina que tiene una vida con él.
El viento ha empezado a agitar las hojas de los árboles. Los copos de nieve vuelan ahora en horizontal, se dejan llevar.
El tiempo vuelve a transcurrir.

Una tarde, el sol entra asfixiado por las ventanas. La mujer sin memoria se encuentra en una estancia que no reconoce. No importa, ella podría incluso estar en su propia habitación y no reconocerla. Pero lo que en realidad la incomoda ahora es el hombre tumbado a su lado en la cama. Está crispada, enfurecida
con ese señor.
No recuerda que nadie le haya caído jamás tan mal, que nadie le haya puesto nunca tan histérica. No lo recuerda, pero eso es fácil para esa mujer. No olvidemos que ella lo vive todo con exacerbada pasión.
A sus ojos, todo es una novedad.
Cada detalle, extremadamente intenso.
Continuamente, este nerviosismo, esa desazón, aquella sorpresa, otro hallazgo... Y, ahora, cree que acaba de descubrir lo que es la antipatía.
En fin.
La mujer no almacena en su memoria ni una sola imagen o sentimiento que le hagan acordarse del cariño que le tiene al hombre sentado a su lado (en el supuesto caso de que ya le conozca) o, cuando menos, de ubicarse en la situación que está viviendo justo ahora.
¿Será él realmente un estúpido o tan solo tendrán un mal día cualquiera de los dos?
El hombre le está cayendo grotescamente mal y no se ve con fuerzas como para soportarle durante mucho rato. Le sacaría de esa casa, de una patada, en ese mismo instante.
A veces, consciente de su propia falta de retentiva y de todo lo que esto trastoca su vida cotidiana (si es que se puede llamar cotidiana a su vida), esta mujer piensa, razona y analiza todo lo que le sucede con mucha mayor atención que el resto de las personas. Prefiere andarse con cautela en vez de tomar decisiones apresuradas.
Respira hondo. Mira por la ventana desde su lecho, contempla el día asfixiado, el azul febril del cielo, los vencejos sobrevolando la azotea del edificio de enfrente y, de repente, se pregunta si alguna vez habrá amado a ese hombre.
Cree que es importante saberlo.
Se le ocurre que, quizá, sea él su media naranja, su amor.
Luego se le ocurre que eso es imposible.
No puede ser.
Qué tontería.
Es entonces cuando lo nota, la patada en su vientre. Por dentro. Se mira la tripa. Está tumbada pero hasta este momento no se había dado cuenta de la gran barriga que tiene. Es como un balón de fútbol. Cierra los ojos, recapacita. Los abre y se pone la mano en el vientre.
No quiere pensar en todas las frases, las preguntas, que se le vienen a la cabeza.
El hombre la mira desde arriba y sonríe. Está de pie. Le ha traído de la cocina una tableta de chocolate y ahora le ofrece un bloque de cuatro onzas.
Parece que quiere hacer las paces pero ella se mira la barriga.
¿Será fruto de su unión con ese hombre?
Enseguida alza el cuello y le observa.
No, por favor.
No quiere que él tenga nada que ver con ese vientre.
A veces es muy difícil razonar, reflexionar. A veces ella se vuelve muy impulsiva.
—¡Me caes mal, no te aguanto! —grita, de repente. Despué se coge la barriga.
Pero ella recuerda los conceptos. Los conceptos para la mujer sin memoria sí tienen valor. Un hijo es un concepto, un padre también.
Espera a que él diga algo. Se arrepiente de haberle hablado de esa manera. El hombre no dice nada. Ella espera. El hombre sigue callado cuando ella se mete la onza de chocolate en la boca, sin dejar de mirarle, y se la lleva al paladar y la aprieta levantando la lengua. Siente cómo se deshace. Él continúa callado. Entonces ella frunce el ceño y se pone a pensar.
Tiene dudas, unas dudas enormes. Le dan ganas de mandarlo todo a paseo...
Respira hondo.
No debe ser fácil vivir con una mujer sin memoria. Lo reconoce.
Divaga. Forma conjeturas.
Se sorprende.
¡Puede que él no hable por que es mudo!
Menuda pareja, ella sin memoria y él mudo.
Y, ahora, a punto de tener un hijo.
Continúa mirándole. Ahora que lo piensa no recuerda haberle oído hablar, pero ahora que lo piensa mejor tampoco recuerda por qué le caía tan mal ese hombre.
En fin.
La vida sin memoria no es nada seria. No lo es.
Se da media vuelta. Decide que lo mejor que puede hacer es dormirse.
Se siente impotente. Desde fuera cualquiera podría pensar que está loca, esa es la sensación que le da. Si tuviera memoria podría compararse con el resto de las personas. Sin embargo, en esta situación, ella no es quién para juzgarse. Sin memoria todo se idealiza.
Todas estas circunstancias se le antojan demasiado complicadas.
Cierra los ojos.
De repente, al cabo de unos segundos, le hace mucha ilusión estar embarazada y vuelve a acariciarse la barriga. Debe estar a punto de dar a luz, se dice. Ya quiere ver a su hijo.

Poco a poco empieza la cuenta atrás.
Nota una mano cálida que le roza la cintura, por debajo de las sábanas.
¿Quién es?
¿Hay alguien más ahí, con ella, en la cama?
Ahora le parece todo muy agradable. Un cuerpo caliente junto al suyo. Es un hombre. Además ahora se ha puesto frente a ella y la mira. Tiene una bonita sonrisa y los ojos encendidos.
Va a tener un bebé y junto a ella hay un hombre guapo que no deja de sonreír. Eso le produce mucha alegría. De pronto, se siente la mujer más feliz del mundo. No. Se siente la persona más feliz del planeta.
En cualquier momento todo lo que acaba de ocurrir en aquella habitación se borrará de su mente, dejará de existir. Mientras tanto ella vive. Tan impresionada está.